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General Madariaga



UN AMIGO DE MADARIAGA.

Don Félix Coluccio, o el folclore de todos

Todo era motivo de su interés: el gaucho y el indio, la religión formal y las devociones populares.-

Por Fernando Sánchez Zinny Corresponde, sin duda, honda pena por la muerte de Félix Coluccio, el mayor, el más considerable de los folklorólogos remanentes, y una de las figuras más destacadas de la cultura argentina en las décadas recientes. A la vez, y sin que medie contradicción, se impone levantar el espíritu ante la notoria no ausencia que deja su alejamiento, ante la familiaridad en la consulta que -a despecho del adiós- quedará durante largo tiempo vinculada a un erudito tan eminente. De pocas vidas como de la suya cabe decir que fue vivida plenamente, hasta el fin de los 93 lúcidos y activos años con que partió. Porque esa pena se compensa con la certeza de que Coluccio cumplió con usura los cometidos que alguna vez se fijó, o que le fijó el destino, y que ello ha redundado en aportes extraordinarios al afianzamiento de la identidad intelectual y cultural de nuestro país. Brillante recopilador, difusor, sistematizador, la prolija labor que concretó en cuanto autor de obras como el \"Diccionario folklórico argentino\" y el \"Diccionario de creencias y supersticiones\" es ingente, pero está muy lejos de agotar los múltiples aspectos de su búsqueda. Pues no sólo don Félix tuvo la voluntad manifiesta de abarcar con su sapiencia todo el ámbito nacional, como nadie antes en su materia imprecisa, sino que simultáneamente quiso volcarse hacia todo el espectro de conocimientos conexos. Todo era motivo de su contracción y su reflexión: el gaucho y el indio, la religión formal y las devociones de la gente sencilla, la época colonial y lo popular de ayer o de hace un rato, las artesanías y las costumbres; lo rural, lo urbano, lo literario, lo tradicional, la botánica, la zoología, la inabarcable geografía entendida como escenografía del acontecer humano e histórico. El investigador dejó una visión dinámica y \"actual\" del folklore Poco a poco, al consolidar su criterio con el transcurso de los años y la experiencia acumulada, Coluccio fue elaborando un corpus doctrinario propio, original y sugerente, y más bien ajeno a casi todas las definiciones usuales acerca del folklore, al que con facilidad cabía reconocer aunque nunca se preocupó por exponerlo de modo orgánico. La discrepancia implícita que asentaba no nacía de ganas de polemizar, que no tenía, ni de deseos de descollar, que hubiesen sido absurdos en alguien de su dimensión, sino de humilde y genuina maduración de sus trabajos, estudios y propensiones. Si en la concepción primigenia de W. J. Thoms, el folklore es sabiduría conservada por la población campesina, y si, como lógica consecuencia, estudiarlo equivale a asumir un compromiso en cuanto a tratar de impedir o demorar su dilución, Coluccio se aparta abiertamente de esa noción, según surge sin lugar a equívocos de incontables apuntes, notas y libros desperdigados. Gauchos de ayer y de hoy Al propósito de \"defender\" y de \"salvar\" tradiciones, tan caro a maestros como Juan Alfonso Carrizo y Augusto Raúl Cortazar, contrapuso una visión dinámica y \"actual\" del folklore que lo hace abarcar toda la sabiduría y la creatividad colectivas, no sólo las retenidas por las \"clases no cultas\", sino por la totalidad del pueblo. Es muy probable que la idea generadora de esa noción determinante haya sido el descreimiento profundo de Coluccio en la existencia de hiatos culturales. Así, recuerdo haberle escuchado, ya nonagenario, sostener, hasta apasionadamente, que el gaucho existe, más o menos modificado: \"Porque el mundo cambia y los hombres, con él\". A su juicio, el gaucho no murió ni se extinguió: transfigurado se hizo paisano, se hizo peón, se hizo chacarero, emigró a la ciudad y ahí fue obrero y compadrito y comerciante, y estudió, y somos nosotros, gauchos verdaderos y cabales, aunque no nos demos cuenta. Tras ese enfoque era natural que resolviese de modo tajante las viejas dudas académicas acerca de si lo gauchesco es o no folklore, dando al dilema una respuesta en absoluto afirmativa. El chamamé es asimismo folklore y también el tango, lo mismo que la ranchera y también los productos culturales del indio, encarados de pronto, en su interpretación, como valores fundantes de la patria, menores en cantidad, pero equiparables en sustancia al clásico legado español. Rastreó, en especial, en el tema de las devociones populares y sus estudios han abierto muy amplios caminos al debate sobre el nacimiento de los mitos, vistos por él no ya como residuos fabulosos, sino como señales provisionales de procesos que continúan hoy día. Coluccio no ve a los protagonistas de los mitos sólo como a seres cuyo ascendiente se pierde en la bruma de los tiempos, sino que halla entre ellos también a personajes cercanos, a veces hasta con documentación y fotografía: santones, marginados, perseguidos, delincuentes cuyas aventuras o padecimientos los vuelven de pronto dignos de exaltación, según un modelo de adhesión sentimental difundido en todo el mundo. El motor de ese fenómeno de creación colectiva no es la mera credulidad del pueblo, sino su imaginación. Y no es el pasado en sí, sino en cuanto padre del presente, pues lo que da razón de todo es lo tangible, lo subsistente. \"¿El gaucho? ¿Usted es el gaucho; yo soy el gaucho? ¿O acaso usted cree que no eran capaces de dejar descendencia?\" Ese era su mensaje, su esclarecimiento, su esperanza.


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