COMUNICACIÓN Y PROGRESO
por Cristian Olivera

(Investigación histórica sobre la importancia de la estación de trenes de Gral. Madariaga en la evolución del paisaje urbano y como símbolo de arranque social)

INTRODUCCIÓN

Mi primer intención fue hacer un trabajo dedicado a la estación e intentar hacer hincapié en el valor estético que tiene y tuvo para los pobladores del lugar, enseguida me di cuenta que lo estético es solo una pequeña porción de lo que un hecho significa; el sentido verdadero de algo no es, jamás, sólo atractivo a la vista.
Si bien en la actualidad el significado de la estación ha dejado de ser el de antes, siempre lo estético de ella queda en segundo plano, quizás sea porque lo estético es diferente en un pueblo o en una pequeña ciudad que en las grandes ciudades. Hasta me atrevería a suponer que el sentido individual que, lógicamente, ocasionan las gigantescas conglomeraciones de personas causa la variante estética necesaria. Los objetivos son distintos porque los días generan un ritmo de vida distinto, entonces resulta aceptable que la visión estética sea bien diferente. La educación también apunta fines que no son, para nada, similares.
La gran ciudad tiene sus ventajas respecto de la pequeña y, asimismo, la pequeña las tiene respecto de la grande; conocer las diferencias hace posible un cambio que, hoy día, aparece como necesario.
La estación de trenes es, más que nada, un símbolo; no importa que su estilo haya sido tomado del estilo inglés o el techo de chapa y las paredes de ladrillo, todo eso carece de importancia al lado de lo fundamental que fue para la creación de la ciudad y como centro de reunión para los ciudadanos que, desde el bar de enfrente, veían llegar los trenes de la capital en medio de pobreza y estatismo, equiparando comunicación a progreso.

CAPÍTULO I
LOS PRIMEROS PASOS

Antes de la constitución de 1853, ya existía dentro del establecimiento “Las Rosas”, un partido denominado del Tuyú, cuya nomenclatura, tomada del guaraní, alude a la forma blanda que toma el lodo por aquellas regiones al centro -este de la provincia de Buenos Aires. Su fundación se remonta a 1839, aunque perteneciente al partido de Monsalvo, y no será sino hasta 1865 que se escindirá del mismo.
Según un decreto del gobierno provincial, durante el año 1867 se destina una fracción de aproximadamente tres leguas cuadradas para la venta y posterior formación de un pueblo, en el noroeste del actual partido de General Madariaga.
La población del partido levemente superaba las mil quinientas personas, todos peones que dependían de hacendados que no habitaban las nombradas tierras, por lo que se hacía difícil encontrar las posibilidades para punzar la creación de un pueblo, que habría de demorar algunas décadas más para su surgimiento.
También bregó en contra la resistencia de los propietarios de campos a vender sus tierras, las cuales destinaban a la ganadería, impidiendo así el asentamiento poblacional. La ausencia de civilización, retardó aún más la llegada de pobladores, puesto que fue refugio de toda clase de bandidos, lo que hacía dichos parajes realmente peligrosos para la gente de carácter pacífico.
En esta época, el país aún pugnaba por su surgimiento, las clases sociales se separaban de modo considerable, existiendo la clase llamada “decente”, integrada por las familias tradicionales y altos funcionarios políticos; había, también, una clase media, constituida por los empleados y comerciantes menores, una clase llamada “modesta”, la de artesanos y peones, y también una clase menos favorecida integrada por los negros, esclavos y libertos. Las mujeres no poseían ninguna clase de derechos, siquiera el de la educación, y los indios abundaban de buen y mal talante.
En Europa, en tanto, la Revolución Industrial inglesa llegaba al apogeo de sus efectos y al grito de “... Reforma, reforma”, la Revolución Francesa (1848) iniciaba su camino en la evolución del mundo. También Carlos Marx (1818-1883), junto con Federico Engels, publicaba el Manifiesto Comunista (1848) e iniciaba así una marcha sangrienta en la llamada “Dictadura del Proletario”, cuyas consecuencias aún perduran.

CAPÍTULO II
LA FUNDACIÓN

Mientras Sarmiento daba impulso a la educación nacional, cuyo primer censo descubrió un saldo de más del tercio de la población analfabeta, y en Francia caía Napoleón III y abandonaba la época dictatorial para dejar lugar a un gobierno denominado “de la Defensa Nacional”, en la provincia de Buenos Aires se recibía una solicitud para la fundación de un pueblo en Loma de Machado, alegando que las condiciones estaban dadas para dicho proceso.
La evolución del mundo imponía lentitud en materia de comunicaciones. El telégrafo, el ferrocarril y el vapor eran los únicos medios de comunicación, limitados por sus posibilidades. Fue Sarmiento quién amplió considerablemente las líneas telegráficas, que alcanzaron la extensión de 5000 kilómetros e intercomunicaron con Europa, un avance enorme para la paupérrima e incipiente globalización, completado con el aumento de 4 a 19, en vapores mensuales hacia Europa, o sea, de uno por semana se pasó a uno día por medio. Pero no sólo fue hacia fuera el progreso en materia de comunicación, sino que en el comienzo de la presidencia las vías férreas alcanzaban los 573 kilómetros, para lograr los 1331 kilómetros sobre el final. Fue aquel auge el que dio comienzo a la conformación nacional, pues pudieron fundarse cientos de pueblos que de este modo no quedaban aislados.
Sin embargo, en el Tuyú las cosas se demoraban. No sería sino hacia 1882, y ante el requerimiento del Juez de Paz, don Teodoro Serantes, que el gobierno provincial autorizaría al mismo Serantes a efectuar los estudios para elegir la zona geográfica donde se instalaría el nuevo pueblo; también a él le correspondería, posteriormente, trazar los planos definitivos.
El 26 de septiembre de 1882, fue dictado el decreto provincial que creaba un centro urbano en el partido del Tuyú, sin embargo, tuvo un condimento especial puesto que no fue el sitio elegido por Serantes (en el noreste de la propiedad de Hortensio Aguirre), sino sobre los terrenos de los Guerrero y los Anchorena.
En cuanto al paisaje político nacional, bajo el gobierno de Roca, los hombres de la denominada “Generación del Ochenta” daban impulso a los avances culturales económicos más importantes en la aún breve historia de la nación; y, el gobernador Dardo Rocha, mientras trazaba los planos definitivos para el armado de una ciudad que se utilizaría por completo como centro universitario (La Plata), realizaba un viaje en galera decidido a extender el ramal férreo y a formar un pueblo en el “Nacimiento de tres Arroyos” (Monsalvo). El viaje, concluidos los estudios, le llevó a tomar la decisión de fundar once pueblos; todos ellos a ubicarse en los lindes de las líneas del Ferrocarril del Sud. El del partido del Tuyú, quedó sobre los terrenos de Aguirre y Anchorena, cuya nomenclatura sería Dorrego.
Aún quedaba expropiar los terrenos y disponer de la venta, a aquellos que lo solicitaran en una mitad, y la otra a los inmigrantes. Pero esta no sería una tarea fácil, ya que la negación de los propietarios a vender demoró tanto la fundación de un pueblo en las tierras del Tuyú, que habría de ser uno de los finales en la conformación poblacional definitiva de la provincia de Buenos Aires.

CAPÍTULO III
UNA ESPERA CON FRUTOS

El siglo XIX, la “Belle Èpoque” imponía a Europa la moda y costumbres de la elegantísima Francia. No obstante, los todavía lentos procesos de comunicación (El teléfono se había inventado en 1876 y estaba restringido a las familias más pudientes, y el automóvil moderno, que data de 1883, era de uso exclusivo para la ostentación de las clases sociales altas), retrasaban en décadas la llegada de la moda al nuevo continente, que en arquitectura tardaría en tomar las sensuales formas del “Art Noveau”, y en abandonar las formas coloniales inglesas. “...París da siempre el tono para la moda y el buen gusto (aunque Londres se precie de ser la capital de la elegancia masculina y Viena la de la música alegre). Hay, sin duda alguna, maneras de vivir que el pueblo puede considerar como suyas.” Robert Schnerb. El Siglo XIX. En Historia General de las Civilizaciones, dirigida por M. Crouzet.
Para la nación, el torbellino de crisis políticas ponía en jaque las instituciones que, momentáneamente, prestaban soluciones constitucionales; en contraste, los indicadores económicos rebelaban cifras sin precedentes. Hacia 1905, las exportaciones alcanzaban los niveles más encumbrados, excediendo en más de un cien por cien a las importaciones. Ya en 1906, la nación podía ostentar un superávit de 2.000.000 de pesos, y la inmigración arrojaba un saldo de 139.000 personas radicadas en el país (en la ciudad de Buenos Aires, el 52 % de la población era extranjera)
Pero en los campos de la Pampa Húmeda, la situación no cambiaba. El reclamo de los vecinos para la fundación de un pueblo continuaba llegando al gobierno provincial, que, sin embargo, no lograba completar su plan de urbanización. Nada sucedería hasta que en 1907 la línea del Ferrocarril del Sud, se extiende y atraviesa el paraje Las Lomas del Divisadero, cruzando por el Tuyú. Ahora sí, con el medio apropiado que ofrecía la modernidad, la fundación del pueblo era solo cuestión de esperar.
Desde el momento de habilitación de la nueva extensión del ramal, hasta la fundación, solamente transcurrieron unos meses. Tuvo un condimento especial, puesto que los apremios económicos del dueño del establecimiento La Esperanza, don Benjamín Zubiaurre, le llevaron a tomar una férrea iniciativa exigiendo premura al gobierno provincial, suponiendo una solución con el dinero de la partición de tierras.
Y así, el 8 de diciembre de 1907, mientras en Alemania se descubría la quimioterapia y a un par de años de haberse dado a conocer la primera parte de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, se funda el Pueblo y Colonia Divisadero, obedeciendo a la iniciativa de Benjamín Zubiaurre. En 1910, cuando los países Europeos sospechaban una gran guerra y se preparaban para la misma, se solicita al senado de la provincia un cambio de nombres: el partido bautizado como del Tuyú, comenzaría a llamarse General Juan Madariaga, tal vez por la presión del hijo del desaparecido senador y general correntino, el doctor Carlos Madariaga, donante de la iglesia y uno de los habitantes fundadores; el alegato del senador que impulsó el cambio de nombres fue que respondía a los anhelos del pueblo, lo cierto es que un par de años después se solicitaría sin resultado la restitución del nombre inicial. Poco tiempo más tarde, se ubicaría como cabeza del partido al pueblo que se formara en torno de la estación Divisadero, denominándoselo como al partido: General Juan Madariaga.

CAPÍTULO IV
SOBRE LA CONSTRUCCIÓN

La estación Divisadero, de General Juan Madariaga, responde al corte inglés de las demás estaciones que se crearon durante el proceso fundacional de la provincia de Buenos Aires. El equipo accesorio sigue el mismo criterio: el tanque de agua, el sitio de almacenamiento, la sala de espera y hasta el aprovechamiento de los espacios verdes.
Como consecuencia de la Revolución Industrial Inglesa, que transformara a Inglaterra en potencia mundial, el estilo inglés se transportó por entero al resto del mundo. Las primeras estaciones fueron simples casillas de madera o chapa que inmediatamente fueron suplantadas por construcciones definitivas.
Llegando a la estación por el lateral contrario a las vías se accedía a la sección de cargas y a la sala de espera general, colindando con el ramal se hallaba el “hall” de espera exterior. En la construcción principal hay cuatro puertas, la primera era la de encomiendas, en la segunda se hallaba la sala de espera de damas, pues no esperaban en la misma sala que los caballeros, (Allí hay una puerta por la que se accede a su baño), en la siguiente la boletería y el telégrafo, y en la última la oficina del jefe.
La vivienda posterior era la del jefe de la estación, cargo de gran prestigio en sus orígenes. Había también un galpón de almacenamiento. El baño de caballeros, consistía en una casilla ubicada fuera de la estación. Aún se conserva el salivario, adosado a la estación, que era una especie de fuente cubierta de agua que utilizaban para escupir.
Toda la construcción es de ladrillos, las vigas y las puertas son de madera y el techo, a dos aguas, es de chapa, al igual que el alero.
La estación aún conserva la noria, los tanques de gasoil, las fosas originales y hasta las mangas que utilizaban los trenes para cargarse de agua, además de los vehículos utilizados durante la época dorada de la misma, recordándonos que allí funciona un museo.
De reciente construcción, la estación de Pinamar, de estilo moderno, refleja en si misma una evidente economía de recursos. Materiales livianos y paupérrima ornamentación se contrarrestan con revestimientos de madera y ladrillo a la vista. Es la luz más potente sobre los cambios en el pensamiento, puesto que el futuro ya no aparece tan a la distancia. Ahora no hay que poblar ni trazar los edificios de base a nuevos poblados, sino que debe economizarse espacio, tiempo y dinero, todo lo cual aporta la arquitectura actual.

SEGUNDA PARTE
EL TREN: SÍMBOLO DE PROGRESO
CAPÍTULO V
EL TREN EN LA COSTA

Durante la segunda guerra mundial, las playas de Madariaga comenzaban a ser observadas. Al igual que en las playas Europeas del siglo XIX, se pretendía atraer al turismo y, por supuesto, aprovechar la posibilidad económica que ofrecían las aguas del pacífico. Naturalmente, los avances fueron lentos puesto que las playas estaban apartadas y había pocas posibilidades de acceso. La estación de Juancho, por entonces, acercaba gran cantidad de turistas a Ostende, uno de los viejos balnearios de la costa. Pero no sería hasta 1949, específicamente el 27 de agosto, que se inauguraría el ramal que acercaba el tren a la costa pinamarense. Nuevamente el avance tecnológico que significaba la locomotora posibilitaba el progreso económico para la región.
Con la explotación de las playas la ciudad progresó incesantemente, pero en poco, el automóvil fue imponiéndose al tren, que fue derrotado por los dueños del asfalto. Ahora, los colectivos, vehículos gasoleros, cómodos y baratos, comenzaban a reemplazar a las ruidosas máquinas que chillaban sobre el metal de las vías.
Las condiciones del país favorecieron el auge de los colectivos, no importaban unos centavos como la posibilidad de viajar cómodos. Los turistas, en su mayoría de una tranquila posición social, ya no arribaban en tren a la costa, que les ofrecía un feliz esparcimiento. Justamente, fue esa clase social la que hizo nacer el tren en la costa, y fue ella misma la que lo ejecutó.
Cabe una reflexión: si el tren fue vencido por el progreso, ¿por qué retornó? ¿Cuáles son las razones para que aquellas pretéritas máquinas ofrezcan nuevamente su sonar agudo a los campos de la provincia de Buenos Aires? La primera respuesta que surge es la económica: en 1946, recién finalizada la guerra, el país era acreedor de 17.700 millones de dólares, que nueve años después, tras las dos presidencias de Perón, comenzaban a convertirse en deuda externa. Sin embargo, el país, había adquirido YPF, manejaba los trenes, los tranvías, los monopolios eléctricos y de teléfono y compraba cuanta empresa ofrecía posibilidades económicas favorables, neta política anticapitalista y contraria al liberalismo económico que nacía como resultado de los procesos globales de post-guerra. Pero pese a las promisorias posibilidades, los sucesivos golpes militares debilitaron la estabilidad de un proceso que necesitaba adaptaciones, mejoras y una persistencia que lo perennizara.
De este modo, el regreso del tres está embarazado de significados negativos. Volvió como vehículo económico, para los trabajadores y viajeros cuyos ingresos comenzaban a disminuir notoriamente. Durante las dos últimas décadas del siglo XX, la pobreza extrema se triplicó y la inmigración de principios de siglo fue reemplazada por otro fenómeno: la emigración, que alcanzó cifras catastróficas para la economía nacional.
Durante el lapso inicial en el cual el tren llevó turistas a la costa (1949-1978) la estación brilló por la reunión de personas que generaba. Más poderosa que la terminal, en ese momento ocasionó una fuente de ingreso de divisas para los comercios que se instalaron alrededor. Es así como en la cuadra de enfrente sólo se ubicaron locales. Hay una estación de servicio (hoy cerrada), un bar, un kiosco, un restaurante y una verdulería y carnicería (también cerrada) que llevaba el nombre: “La Vieja Estación”, en homenaje a su inveterada compañera. Para los dueños del bar, el fin de la estación debe haber mermado considerablemente la entrada de dinero, que no ha recuperado en la actualidad el brillo de sus mocedades. No obstante, el bar no dejó de ser el punto de reunión de personas que religiosamente se agrupan para jugar al truco y tomarse algún “tinto”. Alguien más joven, contaba que el mundial de 1982, durante el cual el equipo nacional tuvo una pésima actuación, motivó la reunión cada día en aquel lugar, acompañado de algunas cervezas. Y no fue sólo el mundial, también vivimos una guerra ese año. “Era vida de pueblo”- comentaba un viejo habitué del bar- “... veíamos algún partido y tomábamos un poco”. Esa “vida de pueblo” aún perdura y, aunque es siempre igual, marca las variaciones necesarias para que aquellos hombres moldeen su conducta y definan los rasgos culturales que caracterizarán sus respectivos grupos y, como consecuencia, los de la sociedad en la que se desenvuelven.
Hoy, la diversión de los jóvenes ha ido cambiando, y no paulatinamente. Primero llegó el auge de los video-juegos, luego del video casette, más tarde del cable, posteriormente la televisión satelital y, finalmente, Internet. Con la televisión por cable, gracias al satélite, la comprensión del mundo cambió. Desde entonces, ya no es el tren símbolo de avanzada en materia de comunicación sino el pequeño aparato de televisión, que ofrece al instante y a la gran masa social las novedades del mundo. Y qué decir de los avances que está logrando Internet, que permite la interacción. El satélite marcó un cambio cultural, no tan importante como el que está logrando Internet, pero tan fecundo como el tren.

CAPÍTULO VI
MADARIAGA EN LA ACTUALIDAD

Hoy, Madariaga es una ciudad con una población de 18.278 habitantes (según el último censo), ubicados en un área de 3.200 km2, 16.621 en el casco urbano y 1657 en la zona rural, lindando con los partidos de General Lavalle, Maipú, Mar Chiquita, Pinamar y Villa Gesell. Los límites son líneas rectas convencionales, salvo en la laguna Salada Grande que lo divide del partido de Lavalle.
General Madariaga está comunicada por vía asfaltada a todos los centros del país por la Ruta 74, la cual permite empalmar con la Ruta Nacional Nº 2, o la Ruta 11 y por medio de la Ruta 56, que llega hasta Conesa.
La ciudad está envuelta en un original paisaje de campos, lagunas, bañados y montes de tala. Para quien ama el deporte al aire libre, el paisaje ofrece las variantes necesarias y el giro estético adecuado. La mayor laguna de la provincia le pertenece, es Salada Grande, con más de 5.000 has. de superficie, donde los deportes náuticos se ofrecen a saciar el apetito de sus cultivadores, además, es el paraíso de la pesca del pejerrey. Antes de llegar al club de Pesca y Náutica que reside en la laguna, debe pasarse por la Reserva Forestal Provincial Laguna Salada Grande, tan importante como que sus montes de tala forman la única vegetación arbórea natural en toda la llanura pampeana.
También, a 12 kms. de Pinamar y a 15 de Madariaga, reside un espejo de agua de 300 has., llamado Los Horcones. Es una laguna considerada también como un gran sitio para la pesca de pejerreyes, y posee abundante alimento basado en camarones. Además, es utilizada también para la práctica de deportes náuticos y windsurf.
La oferta turística es muy extensa, ya que estando en Madariaga uno no puede evitar recorrer sus paisajes suburbanos y es imposible, allí donde los montes se mezclan con el cielo, soslayar el encanto que producen sus singulares estancias.

CAPÍTULO VII
FIN DEL TREN

Curiosamente, fue el progreso de la zona lo que condujo a la desaparición del ferrocarril, puesto que las obras requerían cada vez un transporte más eficiente y seguro. Los motores gasoleros, potentes y económicos, lentamente fueron imponiéndose hasta que el acero de las vías dejó de chillar.
Fue a comienzo de la temporada de 1978 que las autoridades provinciales decidieron dar por terminada -y así lo comunicaron al gobierno municipal la tarea del ferrocarril que llegaba a Madariaga y Pinamar. De este modo, el persistente colaborador resignaba su tarea y sucumbía devorado por un progreso que él mismo gestó.
Y finalmente llegó el 20 de junio de 1978. La campana emitió su sonido final y la locomotora aceleró su rezagada marcha por vez terminal. Algunos vecinos se habían reunido y veían perderse en el horizonte los últimos vagones de un viejo amigo. La despedida estuvo cargada de nostalgia, de recuerdos, de deja vu y, fundamentalmente, de historia, la historia viva de un pueblo que veía desaparecer entre los vegetales mustios de la llanura a su principal gestor.
Entonces, la estación Divisadero se dormía y sus galpones se cerraban y hasta sus baldosas se entregaban a un sueño final y vacío. Desde allí, contemplaría el evolucionar de una ciudad que durante décadas dependió de ella, y ahora no la necesitaba. Como el padre cuando descubre que su hijo ha crecido.
Por todo, fue importante la decisión de convertir la estación en un museo, y el símbolo de hacerlo el mismo día en que se cumplían 79 años de la fundación, durante el gobierno del intendente municipal don Miguel Goldaracena. Fueron alrededor de 1000 piezas cedidas a donación o préstamo, constaba de cinco salas: sala de herramientas, sala de fotografías, sala de pintores, escultores y moda, sala de arma y recibidor, y se realizaron diversas exposiciones.
Con el retorno del tren en 1994, el museo tendría que resignar parte de su estructura para la boletería, pero nuevamente oiría el resonar de la locomotora, solo que esta vez no sería símbolo de progreso sino todo lo contrario. No se trata de los modernos ferrocarriles eléctricos más veloces que los vehículos de transporte de pasajeros y más poderosos que los mayores camiones de carga, sino los viejos e incómodos vagones... también más económicos.

CAPÍTULO VIII
NUEVOS SIGNIFICADOS

La estación alberga la cultura desde 1986, como condenada a una suerte eterna de mejora social, como si su destino inmortal fuera el progreso, entendiendo por progreso cualquier adelanto que ocasione bienestar. Sólo permaneció inmóvil durante ocho años, en que pareció carecer de significado. “¡Era increíble ver la estación!” -reflexiona uno de los eternos, y casi dueños por derecho de piso, visitantes del bar de enfrente- “Daba cierta tristeza porque el tren fue siempre muy importante para el pueblo.” -e inmediatamente aclara-: “Por suerte que vuelve... pero no creo que sea tan importante ahora”. Sin embargo, no carece de importancia. El tren volvió y volvió con otro significado, ya no es el vínculo de unión entre la pequeña Madariaga y la gran urbe: Buenos Aires. Los medios de comunicación, sumados a la gran cantidad de rutas de acceso, necesarias en las mejores condiciones para el verano, donde el turismo trae formas impensadas de subsistencia, hacen que la relación entre la ciudad y la capital sea prácticamente instantánea y muy eficaz.

Si se entiende como progreso o como unión, ya no es necesario, pero significa un considerable ahorro para los viajes de larga distancia y aún para los viajes a la costa. Entonces, dadas las condiciones microeconómicas del país, el tren aparece como necesario, aunque como símbolo contrario al progreso.
Si las necesidades de unos se antepusieran a los placeres de otros, el círculo comenzaría a girar en el sentido correcto; pero mientras los placeres de algunos sean más importantes que las necesidades de otros, progreso será una palabra elitista, sectorizando su alcance a unos pocos privilegiados.
No puede haber progreso cuando hay alguien que sufre, aunque se vean pequeños indicios de crecimiento. Las ciudades adelantan, crecen demográficamente y la estructura edilicia avanza ferozmente devorándose espacios verdes. Los adelantos en la técnica hacen suponer, superficialmente, que la humanidad ha avanzado en gran medida, pero mientras alguien sufra y otros permitan ese sufrimiento, la evolución será solo tecnológica. El sufrimiento de alguien, si no motiva nuestro altruismo, nos hace menos sabios.

CONCLUSIÓN

La estoica estación presenció durante años el raudo evolucionar de un pueblo que comenzó de la nada y se transformó en una ciudad importante para sus habitantes. Ya no es aquel pueblito perdido en el interior de la provincia de Buenos Aires, unido a la capital tan solo por las paralelas de acero, que brillaban al son de la locomotora que, a gritos, anunciaba su llegada. Ahora es una ciudad en pujante desarrollo detenido un poco durante los últimos años, debido a la gran inmigración de los profesionales recién recibidos, avanzando siempre y comunicada con el resto del país.
La estación ya no tiene el viejo significado de progreso, porque las personas han cambiado al compás de los cambios culturales que se produjeron en nuestro país. María M. de Carou, (1907-1996), La tía Maruca para sus parientes relataba siempre en las reuniones sobre el primer auto que llegó al pueblo, el furor que causó aquella “Carreta sin Caballos”. Es perfectamente entendible, no existían ni la televisión ni el cine, la radio recién comenzaba a popularizarse y los diarios no eran los monstruos comerciales que son ahora. Entonces, aquel elemento nuevo era desconocido. Las personas de aquella época con suerte alcanzaban el nivel primario en su educación, el secundario y también el terciario, no eran siquiera una meta.
Aquel Madariaga ya no está, sucumbió reemplazado por la ciudad que es ahora. También murieron algunas costumbres del Madariaga de antaño, como, por ejemplo, siempre basándonos en el relato de la Tía Maruca, el carnaval, jugado en la esquina a “Baldazo limpio”, con agua extraída de bombas de mano (de las cuales muchas casas aún conservan y utilizan); o San Juan y San Pedro, quemando gomas por todo el barrio; o la yerra y la doma, momentos importantes en la vida de una ciudad, o del pueblo, pues nunca dejó de ser pueblo.
Es lógico que con tantos cambios, adelantos a medias, ya no tenga el sentido de progreso anterior. Los habitantes de Madariaga ya no son aquellos que se sorprendían con la llegada de un auto, el país entero cambió. Pero siguen habiendo personas sin posibilidades y con necesidades.
Del pueblo, debemos aprender el altruismo lógico que genera la necesidad, el conocernos en el barrio, el saludar amablemente y el transitar tranquilos, sin el menor indicio de velocidad. De la ciudad, en cambio, debemos aprender a desafiar nuestro intelecto, a evolucionar culturalmente incrementando nuestro conocimiento, pues ese conocimiento y la posibilidad de incrementarlo nos hace superiores a todos los seres de la creación. Pero tanto de uno como de otra debemos aprender que el sufrimiento de alguien es nuestra propia inferioridad, que permanecer estáticos ante lo que está mal es hacer algo que está mal, y que no se debe hacer algo que está mal.
La estación Divisadero y todas las estaciones del Ferrocarril del Sud y de todos los ferrocarriles que se armaron en los inicios de la organización nacional, son testigos mudos de nuestras necesidades que son producto también de nuestros logros. De ellas nos debe quedar lo más importante, porque son la prueba evidente de que es así: los únicos grandes cambios útiles en el desarrollo de una sociedad organizada son producto de la unión de sus integrantes; sin esa unión, no hay cambio duradero posible... aunque el gobierno se esfuerce.

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