PINAMAR
por Cristian Olivera
PRÓLOGO
Resulta trabajoso imaginarse
que en algún momento los arenosos paisajes fueron dejados de
lado por los dueños de esos campos por considerarlos estériles
y condenándolos a un yermo estatismo, algo acaso hoy un tanto
más comprensible puesto que los primeros intentos poblacionales
fracasaron categóricamente y llevaron a la quiebra a las empresas
exploradoras y sepultaron viviendas y asesinaron sueños, era
la tempestad de la arena en sus iniciales victorias sobre los inmaduros
conquistadores.
Lo que a simple vista es difícil de imaginar no lo es trazando
una perspectiva temporal más amplia, ya que hasta mediados de
siglo los medios de comunicación cumplían una función
disipada y mortecina, y no se tuvo en cuenta algo que hacía tiempo
daba resultado en Europa, la necesidad de fijar los médanos con
una vegetación adecuada.
Pinamar es la consecuencia del sueño poético de un grupo
de precursores que, con el arquitecto Jorge Bunge a la cabeza, hicieron
brotar un pueblo de un arenal. Fue el propio arquitecto Bunge el diseñador
que rasgó el árido caparazón del invulnerable paisaje,
convirtiéndose así en el conquistador de aquellas dunas
móviles y hambrientas, tan inclaudicables como la naturaleza
puede cuando se empecina en dar muerte; es que eso es, en definitiva,
una batalla eterna entre lo que muere y lo que nace, un reemplazo cotidiano
de células vivas que sucumben reemplazadas por otras. Todo lo
que tiene vida está destinado a morir, por ello son tan importantes
estos poetas del tiempo, porque en la eternidad de su obra han logrado
vencer el designio que los somete.
Capítulo 1
El exhalo pretérito
Si bien existe poca documentación
sobre el pasado en la zona costera del sudeste de la llanura pampeana,
no es difícil de imaginar la ausencia de hechos históricos
de relevancia. Lo inestable del terreno sumado a la cercanía
con el mar hacía un paraje complicado aún hasta para los
malones indígenas, que veían peligrar su existencia al
quedar acorralados con soldados por un lado y el inmenso mar por el
otro. El mismo motivo que hizo posible la población en los alrededores
arcillosos, negó los asentamientos civilizados hasta mucho después
que la conformación poblacional fue definitiva en la nación.
Una de las primeras expediciones que recuerden los datos históricos
se realizó en 1814, compuesta por el Alcalde de la Hermandad
—que lo era el Capitán de Milicias don Mariano Fernández—,
el interesado, Don Carmona —que acreditaba ser poseedor de las
estancias “Las Chilcas” y “El Tuyú”—,
“contadores de cuerda y tasadores”, y otros de la Guardia
de Chascomús.
“(...) Terminado el trabajo nos internamos al centro del terreno
con la mayor dificultad por impedirlo las quebradas, maciegas y bañados
que cubrían hombres y caballos. El terreno puede contar de cinco
leguas cuadradas, la mayor parte compuesta de bañados, maciegas,
tigres y otras varias fieras(...)”, informa el comisionado Alcalde
después de medida “Las Chilcas”.
Los nombrados campos pasan por diferentes pericias y traspasos, en 1822
fueron adquiridos por Don Juan Pablo Sáenz Valiente, y en 1831
por J. M. Cobo. Un similar origen se estima para las tierras arenosas
que hoy conforman la ciudad de Pinamar, propiedad original de los Alzaga
y luego de los Guerrero.
Capítulo 2
Un intento frustrado
Los pasos en el desarrollo
histórico se detienen hasta 1909, poco después que el
tren llegara a la estación Divisadero, en lo que poco después
se llamaría General Madariaga, y no es en Pinamar precisamente
en donde encontramos la huella más profunda, sino en los arenosos
terrenos de Ostende. Por este tiempo el mundo se preparaba para una
guerra mundial que podía palparse, se iniciaba un siglo que se
caracterizaría por la contraposición de dos facetas: el
espectacular avance científico y la regresiva aniquilación,
acaso uno consecuencia de la otra porque fue la guerra lo que condujo
al despliegue de la ciencia como nunca antes ya que desde la energía
atómica hasta la Internet son consecuencia de estudios militares.
Nunca se llegó tan lejos en la aniquilación: (Primera
Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría, Vietnam,
Oriente Medio, etc.), Ni en el progreso: (Hubble, decodificación
del Genoma Humano, Estación Espacial Internacional, etc.)
Tal vez la influencia francesa, que poco a poco aturdía con sus
rugidos al mundo, o simple destino al lujo, lo cierto es que a principios
de siglo, en lo que fue Ostende, las cosas se hicieron a lo grande.
Enormes avisos en singular intento de seducción, e infinidad
de obras: un decauville cruzaba los 4 km. de dunas, se trajeron millares
de plantas de tierra firme, se comenzó la construcción
de un muelle y de enormes galpones. El sueño era un bello pueblo
surcado por avenidas imponentes y sugestivas diagonales de aparatosos
nombres, naturalmente sin tener en cuenta los desniveles que ocasionaban
los inestables médanos.
Y así se remataron centenares de lotes con éxito importante
para la época. Hubo ciertos pioneros que edificaron sus casas
y hasta una capilla y varios hoteles. Las temporadas eran un alegre
triunfo para la naciente clase media de un país, si bien envuelto
en crisis políticas de aguda naturaleza, que parecía destinado
al éxito económico y suplicaba la llegada de pobladores
inmigrantes.
La realidad es que la inestabilidad de los médanos fue hundiendo
los cimientos y en poco tiempo las arenosas tierras devoraron los muros
como tomándose revancha por una violación que quedaba
en la memoria. Naturalmente, el pago de las cuotas no se cumplió
y quebró la sociedad que había decidido la explotación
de esas tierras.
Poco quedó en muy poco tiempo del viejo Ostende: las vías
del decauville, las vigas del muelle, y la madera de algunos galpones,
mortecina y enjuta. Todo a la espera de nuevas manos, más experimentadas,
con el sustento científico adecuado, y una eficacia que demoraría
tanto como todo durante aquella época precaria en el desarrollo
de las comunicaciones. Algunas fotografías de algunos periódicos
mostraban las elegantísimas formas del Art Nouveau, que se copiaban
sin límite, pero no parecieron percatarse del error cometido
y de las posibilidades de éxito que habrían existido si
hubiesen analizado la forma en que se fijaban con éxito los médanos
en las landas francesas desde el siglo XVIII.
Capítulo 3
Arq. Jorge Bunge: La plenitud de un sueño
Jorge Bunge, ingeniero y
arquitecto recibido en la Real Escuela Politécnica de Munich,
que había estudiado urbanismo con Teodoro Fischer, conocía
los fracasos de Ostende y también los éxitos que habían
obtenido por aquel tiempo Héctor Guerrero y más al norte
el Ing. Cibils Avellaneda, los cuales lograron plantaciones hasta el
mar con mucho éxito, también conocía las experiencias
de Francia, Estados Unidos, Chile y Uruguay. Por entonces, en Argentina,
sólo había ciudades o pueblos al borde del mar, pero no
playas que respondieran a las necesidades que imponía la modernidad,
algo que el visionario Jorge Bunge, entendió de inmediato.
Nadie quería el “fondo de campo” donde nada crecía
ni vivía ni se desarrollaba ni se reproducía, hasta que
Bunge formó con Valeria Guerrero de Russo, la dueña de
este “fondo de campo”, la Sociedad Anónima PINAMAR,
donde él aportaba el capital y ella el territorio. Luego, un
extenso grupo de industriales, hombres de campo y profesionales, se
unió a la Sociedad Anónima PINAMAR, precipitando así
los procesos. Aquellos pioneros fueron Carlos P. Anesi, Federico Otto
Bemberg, Enrique Dordot, Jorge Born, Eduardo Bunge, Victor Casteran,
Francisco A. Chas, Gastón Dedyn, Manuel Fontecha Morales, Alfredo
Fortabat, León Fouvel Rigolleau, Eduardo García Fernández,
Anibal López, Gustavo Malan, Ramón Mur, Gral. Alberto
Olivera César, Manuel Thibaud, Ignacio Uranga.
Es así como mientras el mundo se aniquilaba mediante la más
feroz de las contiendas mundiales, y en Argentina se incubaba un líder
de la talla del general Perón, el extremo sudeste de la llanura
pampeana daba a luz entre la sensualidad de las ondulaciones arenosas
a una nueva ciudad, moderna, diseñada según una necesidad
precisa y un ideal estético exacto: PINAMAR.
El ritmo de trabajo que formó a PINAMAR fue tan apresurado como
eficaz, muy pronto los suelos estériles veían florecer
un paisaje rico y los edificios se erigían como resultado de
un inusitado proceso de urbanización.
Los estudios y las experiencias previas a las construcciones se iniciaron
en 1940, un año después se comenzaba la fijación
y forestación de los médanos, con métodos avanzados
inéditos en Argentina, y otro año más adelante,
una vez concretada la Sociedad Anónima, se inició el proceso
de urbanización, construyéndose las primeras viviendas,
que serían aquellas destinadas al personal jerárquico
de la empresa, también se puso término a los estudios
sobre las características del paisaje necesarias para la realización
del plan diseñado por Bunge.
En tan solo un año más se inauguraba al público
el balneario PINAMAR; a partir de allí se construyó el
Playas Hotel, el centro comercial, la Sala de Primeros Auxilios, el
Centro Cívico, el destacamento de Policía, se donaron
las tierras para la Escuela y hasta se realizó la primera fase
de la iglesia. Entre las primeras industrias que se recuerden aparecen
una fábrica de tejas, baldosas y otros elementos que estaban
destinados a la construcción, tan necesarios durante aquellos
inicios.
En 1944 Perón era nombrado Vicepresidente, por el presidente
Farrell, e iniciaba su estrategia desplegando una intensa actividad
con los medios obreros, es el año que la provincia de Buenos
Aires aprueba el Plan Director presentado por el Arquitecto Jorge Bunge,
y se amplía entonces la red vial diferencial y se pavimentan
las calles principales, también se tienden las redes eléctricas
y de agua corriente y se urbanizaron categóricamente los primeros
sectores.
Conjuntamente con el final de la Segunda Guerra Mundial se vendieron
los primeros lotes y se comenzó la construcción de las
primeras viviendas permanentes y también de aquellas que se destinarían
únicamente al veraneo. Durante este año se inauguró
la cancha de golf, la iglesia, se completó la sala de primeros
auxilios y también la escuela, se inició la Cooperativa
de Agua y Luz, aunque recién después se completaría,
el Teléfono Público y el Correo, y también el viejo
muelle.
Al adquirir una propiedad en PINAMAR, los compradores eran obligados
a respetar ciertos cánones estéticos y urbanísticos,
que respondían al diseño primitivo de la ciudad. Fueron
solo cuatro años, casi lo que duró la guerra, coetáneos
a la misma, los que hicieron del sueño del arquitecto una realidad
palpable, comercial, muy lejos de lo que aquellos “fondos de campo”
representaban, la oposición exacta al carácter residual
de aquellas tierras estériles, que nunca pudieron sembrarse de
avena y girasoles, pero que cosecharon una arquitectura magnífica,
moderna, de carácter misceláneo y un expresionismo raro,
con influencias por momentos cubistas y modernistas.
Capítulo 4
Pinamar en la actualidad
Hoy, PINAMAR es el balneario
más sofisticado de la costa atlántica. Un inusual crecimiento
lo coloca en un punto alto de preferencia para todos aquellos amantes
de la naturaleza y del urbanismo. Saturada de eventos de verano, nada
falta para los ocasionales visitantes que encuentran allí un
paraíso refrescante y de perfecta armonía con el medio
ambiente.
Por más de treinta balnearios se extienden sus playas, acompañando
las líneas rebuscadas de una arquitectura precisa e inquieta,
siempre en voraz búsqueda de novedosas formas.
Nada falta en la ciudad verde, ni hoteles de alto nivel y el más
desarrollado prestigio nacional, ni cines, teatro, restaurantes, casinos,
todo lo cual hacen de ella también un buen argumento para los
que están en búsqueda de una vida nocturna de insoslayable
recorrido.
Para los amantes del deporte, la ciudad también guarda sus misterios,
ninguno queda afuera, el golf, tenis, tiro, las actividades náutica,
hípicas, hasta los circuitos de moto cross y los lugares de pesca
en la costa del Atlántico.
La ciudad es tan especial que habitualmente es sede de importantes eventos
como desfiles de moda, actividades culturales, charlas, seminarios y
encuentros de diversa índole, todo lo cual le confiere el aire
de espectacularidad soñado por Bunge, abriendo sus puertas con
cálido acogimiento al visitante. Cuando el sueño de un
hombre es la realidad de muchos, el significado del sueño se
resiste al tiempo.
Capítulo 5
La visión lejana
Ningún detalle de
Pinamar escapó al criterio adelantado del arquitecto Bunge, la
armonía de los edificios con el paisaje, un diseño novedoso
en la conexión con la naturaleza, todo adaptado a las necesidades
del hombre moderno y al significativo realce de sus requerimientos estéticos.
No resulta difícil percibir el carácter precursor de la
obra de Bunge, esa loca idea de crear un balneario argentino donde el
verde de la vegetación se enredara en modernos muros y se uniera
al mar impulsado al confín del horizonte, lo adelantaban en décadas
a su tiempo. A simples ojos observadores, la obra de Bunge es un logro
de gigantesca talla, el proyecto loco de un hombre que soñó
un pueblo y lo construyó; empero la enseñanza va mucho
más allá del concepto arquitectónico de relación
con el paisaje que empleó, es la lucha de un hombre resuelta
en el decurso de una ciudad que crece a ritmo tan veloz y eficaz como
fue construida.
Hay un aprendizaje que nos tiene que quedar y es justamente el de luchar
contra las desavenencias a fin de llevar a cabo un proyecto, es no rendirse
aún cuando las posibilidades sean pocas o prácticamente
nulas. El surgimiento de Pinamar sobre aquel “fondo de campo”
se nos hace como el germinar de aquella flor en Hiroshima, y no fue
menos que eso, como una estrella que se abre en la oscuridad de la noche,
los primeros edificios acompañaron el reverdecido arenal, la
vegetación fluyó como un manantial que brota de entre
las rocas y del extremo estéril de la llanura nació un
pueblo, algo que inevitablemente nos remonta a la actualidad, donde
todo el país parece y es tratado como si estuviera sobre un “fondo
de campo” sin posibilidades de desarrollo y condenado a la extinción.
Si el arquitecto Bunge logró vencer los designios negativos del
paisaje, y contemporáneamente hubo quién esparció
semillas en un territorio que había sido arrasado por una bomba
atómica, tal vez toda una nación encuentre su motivación
y justifique su historia, algo que a poetas del futuro como Jorge Bunge
les salía con sencillez.
Conclusión
Un poema sin tiempo
La posibilidad de observar
un amanecer en el mar es impagable, poco a poco fluye el rojo y va poseyendo
las aguas como un amante que cubre en sigilosa exploración el
cuerpo de su amada, luego la tenue fuerza de las luces se precipita
y el tiempo parece contradictoriamente detenido allí, hasta que
el instante se vuelca al observador y ha nacido el día; es el
poder de la contemplación, un alimento interior que refuerza
el entendimiento con la sustancia de lo estéticamente inmejorable.
Por la mañana, la naturaleza ofrece sus sonidos sencillos, llena
de paisajes arbóreos, la ciudad entrega aromas tan singulares
que atraviesan los sentidos y hacen olvidar las presencias modernas.
Hay un dejo de gratitud en el resuello con que comienza el día,
acaso la exhalación de diseñadores que pensaron en los
naturales recursos que afloran en sus plazas y arenosos caminos.
Por la siesta, la arena refleja el calor solar como si el estío
mismo emanara del suelo, entonces se hace obligatoria la visita a la
playa, desde donde el verano efunde gloria. El reloj del tiempo se detiene
una vez más y el día educa desde el ocio con la eficacia
de un maestro.
Lentamente las luces disminuyen su vigor y decaen como decaen los pasos
agotados de sencillez, los aromas ahora se disfrazan y exploran un día
que ve desvanecerse el sol tras los últimos pinos del horizonte.
La cita ahora es en el centro de la ciudad, que se hunde en una noche
que se enciende al ritmo de las primeras estrellas. El poder del tiempo
está enredado a una ciudad que se torna tan luminosa que desde
el cielo ha de parecer otro cielo esparcido de estrellas.
La playa vuelve a ser un recurso para embriagar el alma, en medio de
la oscuridad, las estrellas se reflejan en el mar que parece una continuación
del firmamento, que no se distingue de él sino por el movimiento
de sus luces más profundas amortiguadas en la superficie, como
si de pronto el cielo hubiese querido darse un baño de sensualidad.
Las aguas se mueven con fragilidad, resuenan en el silencio de la noche
y se funden a las risas lejanas de algún fogón en el que
se oye también un rasgueo de guitarra y un blues de Sui Generis
tan melancólico como la ambarina y numular luna que desde lo
alto observa con estoicismo.
Y no hay tiempo para dormir, porque en poco amanece y el cielo se prepara
para recitar una vez más el poema intemporal, que acaso el arquitecto
Bunge le susurre al oído... acaso también surja un mohín
de satisfacción al ver en qué terminaron aquellos estériles
lamentos de la llanura... los llamados “fondos de campo”.
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