En la década del 90, el periodista Mario Wainfeld, ya fallecido, visitó General Madariaga junto a Alejandro Mayol, y presenció por primera vez la tradicional puesta en escena de La Pasión según San Juan. La experiencia lo marcó tanto que decidió escribir una nota para la contratapa del diario nacional Página 12, donde plasmó con sensibilidad y precisión lo que significa esta obra para la comunidad madariaguense y para quienes la descubren por primera vez.
El texto, que a continuación compartimos en su totalidad, fue acercado gentilmente por Marcelo Tolosa, quien junto a su hermano Tadeo, interpretó a Jesús en distintas ediciones del espectáculo. Desde El Mensajero, agradecemos profundamente el gesto de compartir este valioso testimonio:
Por Mario Wainfeld
Estoy cafeteando en un pueblo que visito por primera vez, con Alejandro Mayol —a quien conozco y admiro desde siempre— y varios tipos que acabo de conocer y empiezo a admirar. La función terminó. Quiero contar; califico mal para hacerlo. Debo hablar de teatro, sin ser experto; de la cristiandad popular siendo judío, porteño y (ya ni sé) tal vez ateo... en todo caso un neurótico urbano y aunque procure evitarlo, un poco unitario. Pero merece contarse.
Alejandro, treinta años atrás, era el 'padre Alejandro', un cura que componía y entonaba canciones alegres y pegadizas por tevé. Las canciones y sus objetivos eran sencillos, pero para nada pavotes. Alejandro integraba el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, intento de algunos sectores de la Iglesia de acercarse al pueblo (mito en cuya existencia muchos creían en esas épocas oscurantistas, estatistas y dirigistas). La música era una forma de expresar su compromiso.
Alejandro dejó de ser cura hace mucho tiempo, antes de que mataran a su amigo y permanente compañero Carlos Mugica. Está casado, tiene cuatro pibes. Pero no resignó su fe, su alegría, su voluntad de contar cantando a Dios y a la gente. De amuchar. De hacer cultura popular, sin mucho aspaviento, pero con rigor y humor.
Dos veces, por lo menos, llenó la cancha de Vélez con —dicho por mi cuenta y riesgo— zarzuelas criollas de letra picante. Fue entre el '82 y el '85 (Alejandro no guarda programas ni casetes, se le piantan las fechas). Una fue La Patriada, que si no fuera divertida uno podría llamar revisionista, y que mereció elogios enormes de Alberto Ure (que de teatro sabe un vagón y criticando no perdona la vida a nadie). La otra fue La Pasión según San Juan, de la que se editaron algunos casetes que dieron vueltas por acá y allá. Uno recaló en General Madariaga. Y ese pueblo la hizo suya, tanto que hace nueve años que la representa.
Actúa un elenco no profesional, ensaya todo el año. Sólo contratan un iluminador y un sonidista; el resto se hace gratarola, a pulmón, a pura fe y ganas. El resultado, del que fui testigo, es una representación conmovedora de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Se repite los cuatro días de Semana Santa, en un hermoso parque, con un escenario gigantesco. Música folklórica mezclada irreverentemente con sones de rock y hasta canto gregoriano.
A treinta años de la Misa Criolla, cuya proyección y carácter precursor no pretendo discutir, La Pasión... tiene —a mis ojos profanos— dos ventajas:
narra una historia completa (la pasión, muerte, etc.);
acude —antes que a la telúrica pero no especialmente alegre música norteña— a los ritmos más amenos de nuestro folklore: la vidala, la zamba, el candombe que subraya las tres negaciones de Pedro, el triunfo que —claro— acompasa la resurrección.
Casi trescientas personas (básicamente “el pueblo”; hombres y mujeres del común, miríadas de pibes) se desplazan con convicción y precisión sobre el escenario. Cerca de cinco mil asistentes por noche (Madariaga no tiene 25.000 habitantes). Nada hay de estudiantina. Mejor: sólo el entusiasmo. La puesta es digna, los actores juegan sus roles con convicción.
De vuelta en el café. El director (un pibe de 24 años, una versión pampeana de Jesús de Montreal, pero manso en vez de sublevado) ya piensa en la décima versión. “Jamás cobraría por hacer esto”, dice, en abril del '94, en esta Argentina en la que nadie hace nada gratis. Y explica cómo armó la escena en que la cruz sube en el aire, que el actor que representa a Cristo ayunó y bajó ocho kilos para estar en rol. Uno asocia: De Niro o Dustin Hoffman son admira (dos ) (bles) por hacer lo mismo por un palo verde. “Esto es distinto”, explica Claudio Rivas, administrador, factótum. “Esto es de todos, es nuestro. Nos basta con vender algunos casetes, unos llaveritos y manguear guita acá y allá.”
Transmite tanto entusiasmo, pone tanta polenta... No asombra que sea kinesiólogo en la vida real, pero ha de ser buen actor para convencer de que es un Pilatos entre sobrador y débil. ¿Cuánto gastaron?, pregunto, por decir algo, porque sigo conmovido por lo que vi y obsesionado por cómo hago para contar esto. “Por ahí diez mil”, dice Claudio. No es ni un equipo de sonido para recital mediano. Y acá hay fe, compromiso, un pueblo detrás. Falta de apoyos. Nula prensa.
Esto remite a una discusión más vasta. A la enorme desproporción entre la aptitud expresiva de nuestra gente y las posibilidades de transmitirla en la aldea global. ¿Cómo podrá divulgarse esta proeza si en un país habitado por talentos como Aristarain, Favio, Solanas, Subiela, Sorín y Stantic no se filman quince largometrajes en un año?
No puedo ser sistemático ni digresivo; estamos volviendo con Alejandro al volante, cometiendo la proeza de no encontrar la salida del pueblo. Y hablando: esto es catequesis. La marca del cristianismo no es la idea de Dios o la inmortalidad, sino la humanidad de Cristo, la resurrección de la carne. Y algunas cosas más que se me piantan porque soy hereje y el hombre se atropella verbal y conductivamente.
¿Cómo se hace —qué puedo hacer yo, un ruso de Caballito— para que aunque sea estos cristianos tengan el año que viene otra repercusión, otra prensa y, sobre todo, más público? No voy a dar en la tecla. No soy (diría Olmedo) “la persona indicada”. “Yo hice de apóstol”, dice el director, “pero la próxima vez quiero ser pueblo”. También se trata de eso.