Es posible cruzarlos en plazas de Córdoba, Buenos Aires o Mendoza. Se desplazan en cuatro patas, usan collares, orejas postizas o colas y ladran. No son personas disfrazadas: son therians, una comunidad que se autopercibe parcialmente como animales no humanos y que en los últimos meses se volvió tendencia en Argentina y el mundo.
A diferencia de los furries —que crean personajes antropomórficos por interés estético o recreativo—, los therians no eligen identificarse con un animal. Lo sienten desde la infancia. Muchos relataron haber creído tener orejas, hocico o cola inexistentes. “La teriantropía no es una elección”, explican en sus foros de discusión.
El término proviene del griego ther ('bestia salvaje') y anthropos ('ser humano'). Si bien el fenómeno se popularizó en la década del 90 con la llegada de las salas de chat, la noción de humanos-animales tiene raíces mitológicas milenarias.
Hoy, los therians se organizan en comunidades virtuales y presenciales. Encuentros en parques, salidas grupales y el uso de accesorios que representan a su 'teriotipo' (especie con la que se identifican) son parte de su cotidianidad. Hasta ahora, todos los casos registrados corresponden a mamíferos: perros, gatos, zorros, lobos.
La movida llega a la región
En las últimas horas, comenzó a circular de manera anónima una convocatoria para una juntada Therian en General Madariaga. Será este sábado 14 de febrero desde las 18 horas en el Paseo del Lago, un punto de encuentro habitual en la ciudad. Si bien no hay organizadores oficiales identificados, el llamado se viralizó rápidamente a través de redes sociales y grupos de mensajería entre jóvenes de la zona.
¿Es un trastorno?
Hasta el momento, no hay investigaciones que clasifiquen a los therians dentro de algún cuadro psiquiátrico. Al no presentar distorsiones de la realidad ni afectar a terceros, especialistas evitan patologizarlo y lo abordan como una forma más de construcción identitaria.
El auge de los furries
Paralelamente, crece también el fandom furry, una subcultura centrada en animales antropomórficos que hablan, usan ropa o caminan en dos patas. Aquí no hay identificación, sino creatividad: cada miembro diseña su fursona (avatar animal) y muchos invierten en fursuits (trajes de peluche) para asistir a convenciones.
Ambas comunidades conviven, se diferencian y, sobre todo, se expanden. En plena era digital, lo que antes ocurría en el aislamiento de una habitación hoy ocupa espacios públicos y abre un debate sobre los límites entre la identidad, la expresión y lo socialmente esperado.