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PALABRA 51
CEGUERA
En el marco de la convocatoria Palabra 51, estudiantes de los ISFD de la provincia de Buenos Aires escriben una palabra para ampliar el diccionario "Palabras clave para una pedagogía de la memoria". En esta nota, Joaquina Guerreiro Dourado, del ISFD 235, habla sobre la Ceguera en la última dictadura cívico-militar y la guerra de Malvinas y de los modos de mirar que atraviesan su historia personal y familiar.


Redacción - Actualizado 18/10/2026
Ese bebé en brazos soy yo. El hombre es mi tío Jorge, escritor, ex combatiente de Malvinas, fue secuestrado a los quince años
Ese bebé en brazos soy yo. El hombre es mi tío Jorge, escritor, ex combatiente de Malvinas, fue secuestrado a los quince años

Cuando se trata de la última dictadura cívico militar que sufrió Argentina, muchas veces aparece una especie de ceguera. Siento que la ceguera es no querer ver, no poder ver, o elegir mirar hacia otro lado frente a algo que está ahí. Cuando hablamos de memoria, de dictaduras y de nuestro pasado reciente, esa ceguera puede aparecer cuando una persona dice: “a mí no me afectó”, “no fueron treinta mil”, o “los montoneros también mataban". Como si esas frases fueran suficientes para dejar de mirar lo que hizo el Estado. No se trata de negar que existió violencia política antes y durante la dictadura, sino de no perder de vista algo fundamental: las fuerzas armadas tomaron el poder y fueron una dictadura represiva e ilegal que incluyó secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos.

 

Por eso elegí la palabra ceguera, porque creo que una de las cosas más peligrosas que pueden pasar con la memoria es dejar de mirar, no mirar a las personas que desaparecieron, no mirar a sus familias, no mirar a los hijos y nietos que crecieron sin conocer su verdadera historia y tampoco mirar las consecuencias que todavía existen. La ceguera no siempre significa decir que nada pasó. A veces significa minimizarlo, cambiar el foco o hacer como si aquello hubiera sucedido hace tanto tiempo que ya no tuviera nada que ver con nosotros.

 

Para una clase se nos fue propuesto elegir una palabra para la propuesta “Palabra 51”. Elegí esta palabra por esos motivos y por una experiencia personal, aunque terminé descubriendo mucho más. Cuando era chica, mi mamá solía ponerme una canción que a mí me encantaba y hasta me parecía graciosa. “Pensé que se trataba de cieguitos”, de Los Twists. Yo creía que hablaba de ratones, porque en ese momento miraba mucho una película que tenía ratones ciegos, Shrek, y porque me gustaba una canción que me ponían en el jardín, que se llamaba “El Twist de los ratones". Para mí eso era todo. Escuchaba las palabras, pero no entendía realmente qué había detrás de ellas. Yo misma era ciega. Un día, mi mamá me preguntó si sabía de qué se trataba y le dije que no. Entonces me explicó lo que había pasado durante la dictadura y me contó las cosas horrendas que habían pasado.

 

Con esto también entendí que se puede ser ciego por no saber. Yo no había decidido ignorar nada, simplemente todavía no tenían las herramientas para entenderlo. Pero cuando mi mamá me contó la historia, dejé de escuchar la canción y empecé a entender una parte de nuestra historia. Ahí aparece una relación muy fuerte entre la memoria y la transmisión. Si alguien no nos cuenta, si no aprendemos, si no preguntamos, podemos crecer rodeados de historias que no entendemos.

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Esto mismo me paso a mi.

 

Mi mamá también me contó que mi tío abuelo, que vivía arriba, fue secuestrado. Tenía el pelo largo, barba desaliñada y en la calle le habían dado un folleto con ideas consideradas “revolucionarias”. Él solo se lo había guardado en el bolsillo. Fue llevado, detenido junto a mucha otra gente. La historia que siempre me contaron era que su hermano mayor era policía y mediante llamadas lograron conseguir que no se los llevaran. Llamé a mi abuela y ella me contó la verdad.

 

“Jorge salía de la escuela. Él iba a una escuela de comunicación en Retiro. Salía de la escuela junto a muchos otros. Levantó un papel y se lo metió en el bolsillo. Cuando quisieron entrar a Retiro, lo detuvieron, lo revisaron y encontraron el papel. Así nomás se lo llevaron a la ESMA.

 

Llamaron a nuestra mamá, que trabajaba en el ministerio de educación. Ella llamó a mi hermano Juan para que lo buscara. Trato de hablar con los jefes. Mi hermano Juan era policía federal. Jorge tenía quince años. Mi hermano Juan, hizo una tontería, le pegó una cachetada delante de todos esos militares. No sabemos cómo terminó pasando, pero Jorge volvió a casa. Nunca quiso hablar del tema, ni aunque le preguntes ahora.” Alejandra, 74 años

 

Cuando pienso en esto, me cuesta no preguntarme qué habría pasado si nadie lo hubiera visto, si nadie hubiera podido intervenir ¿Qué cosas habrá visto Jorge que apenas tenía quince? ¿ Cómo pudo su hermano actuar de esa manera?

 

Y mi tío tuvo una segunda historia relacionada con la violencia. Después de aquel susto, terminó siendo combatiente en Malvinas. Resultó herido. Su mejor amigo lo ayudó a llegar hasta un lugar protegido. Más adelante en la guerra mataron a este amigo. Y él nunca volvió a ser el mismo cuando volvió. Se convirtió en el tío que siempre estaba feliz, que nunca podría hablar seriamente, que hacía chistes, comía postre de chocolate conmigo y se comportaba raro. Era el que tenía gatos, el que me hacía reír, el que parecía estar siempre de buen humor. Una vez que todo terminó, escribió libros, poemarios , abrió una imprenta y se casó con una historiadora.

 

“Escribía prosas y poemas en las revistas de ex- combatientes”, me contó mi abuela.

 

 Cuando crecí también llegaba a molestarme que nunca hablara seriamente, pero siempre intenté pensar que después tanto dolor, tanta tristeza, quién lo puede juzgar por querer estar feliz. Tal vez esa forma de ser también era una manera de seguir adelante. Era su manera de ceguera. Elegía no ver aquello que alguna vez le hizo tan mal. Esto mismo piensa mi abuela. Y pienso que si algún día se lo hubieran llevado, quizás él nunca hubiera escrito una sola palabra. Yo nunca habría comido esos postres de chocolate con él, ni habría jugado con sus gatos, ni tendría todos los recuerdos que tengo. Es algo muy simple, pero justamente por eso me hace pensar que cuando hablamos de desapariciones, hablamos también de todas las vidas que pudieron haber sido y no fueron.

 

Muchas de estas cosas las supe por este trabajo. Muchos años fui a su casa y hasta hoy no sabía ni la mitad de las cosas horribles que había pasado. En indiferencia de su vida, ciega de sus sufrimientos. Nunca fue con mala intención. Solo no tenía idea. Siempre tuve el pensamiento de que mi familia era de esas a las que “no le había tocado”. Mi abuela jamás me lo ocultó. Jamás pregunté. Me quedé con lo que mis tías murmuraban o la breve explicación que daban cuando alguien preguntaba por qué Jorge era como era. Le pregunté a mi abuela, se llamar a mi tío para preguntarle acerca de esto estaría bien. Ella me dijo que iba a evitarlo, a hacer bromas o a molestarme. Que “prefería vivir ciego, como mi papá” me contestó. “Un hombre muy cerrado”. Me dio risa la coincidencia con mi trabajo y la palabra que elegí: ceguera, que empezó siendo por una canción de mi infancia y terminé descubriendo que por mucho tiempo la ciega fui yo. A veces solo hace falta preguntar para descubrir que las historias siempre pasan más cerca de lo que uno cree.

 

La historia de mi tío me hace pensar en lo que significa que una persona pueda desaparecer, porque cuando hablamos solamente de números existe el peligro de olvidar que detrás de cada número había una persona, alguien que tenía una familia, amigos, cosas que le gustaban, planes para el futuro. Alguien que podía haber escrito libros, haber abierto una imprenta, cuidado gatos, preparado postres o simplemente seguir viviendo. La desaparición no solo le quitaba la vida a una persona, también cambiaba para siempre la vida de todos los que la rodeaban.

 

Y como esta vida hay miles. Mi abuela también me contó que cerca de su casa hay una panadería. La maneja una familia: un papá, una mamá y su hijo. Trabajaban todos en el aeropuerto también. Su hijo incluso era piloto. Un día desaparecieron, sin más. Pasaron años y volvió la madre. Dijo que la habían secuestrado, pero jamás quiso contar qué le había pasado a su esposo y a su hijo.

 

Por eso creo que la ceguera también puede ser colectiva. ¿Cómo puede ser, que haya miedo tantos años después? 

 

Los militares no solamente ejercieron violencia sobre personas concretas, armaron un sistema de represión que buscó controlar, perseguir y hacer desaparecer a quienes consideraban enemigos. Existieron centros clandestinos de detención, tortura y exterminio en distintos lugares del país. La ESMA, por ejemplo, funcionó como uno de estos centros y hoy en día es un sitio de memoria y también una prueba material de los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado.

 

Pero para que todo esto pueda ser recordado, primero hay que mirar, hay que mirar los lugares, los documentos, los testimonios y sobre todo las historias de las personas. La CONADEP reunió testimonios de sobrevivientes y familiares de detenidos desaparecidos y estos testimonios formaron parte del libro Nunca Más. También existen archivos, sitios de memoria y más.

 

Yo creo que ceguera puede ser La palabra 51, porque no solamente habla de quienes no conocen la historia, sino también de lo que sucede cuando una sociedad decide no mirar, y también habla de lo contrario, de aprender a mirar, escuchar y transmitir. Escuchaba una canción y pensaba en ratones ciegos. Después alguien me explicó qué había detrás de estas palabras. Yo misma aprendí a mirar, a correr esta “ceguera”. Con la historia de mi tío, él también me ayudó sin siquiera intentarlo a entender que detrás de cada persona que desapareció había una vida entera que podía haber seguido existiendo.

 

La memoria, entonces, también es una forma de abrir los ojos. No para vivir atrapados en el pasado, sino para entenderlo y saber que no queremos repetirlo. Mirar y escuchar a quienes tienen que expresar y sobre todo a seguir preguntando. Que las historias, experiencias, recuerdos y nuestras miradas sean antítesis de esta ceguera. El Estado tiene la obligación de proteger la vida y los derechos de las personas, no de utilizar su poder para perseguirlas, secuestrarlas, desaparecer. Por eso, frente a la violencia ejercida desde el Estado, no deberíamos elegir qué mirar y qué dejar fuera de nuestra mirada, porque cuando dejamos de ver a las a las personas detrás de la historia es mucho más fácil olvidar lo que pasó. Cuando una sociedad se acostumbra a no mirar corre el riesgo de quedarse ciega otra vez.

 

 

“Crece el lago bajo mis pies. Todas las lágrimas en la prensa del amo. Líbrame noche de cartón!. Tanta garra desde la aguja del reloj. Cuanto silencio de nieve. Cuánto vidrio en la miga del pan!

Hay un escándalo de tristeza a cada asomo de mi memoria.” Uno de los poemas de mi tío Jorge. Jorge Omar Gil. El tiempo viene después. Pag. 23

 

 

Bibliografía:

Comisión Nacional sobre la Desaparición de las Personas (CONADEP). Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Eudeba, 1984.

Museo Sitio de Memoria Esma (2023). Patrimonio Mundial de la UNESCO. Museo Sitio de Memoria ESMA.


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