Redacción - Actualizado 31/10/2026
Pinamar (por Lola Ripoll*).- El aire de esta tarde en Pinamar no encajaba con el espanto. Había un sol templado que entibiaba las arenas, una brisa afable entre los pinos secos y una luz dorada cayendo sobre el asfalto. Sin embargo, la calma costera era un espejismo: la comunidad se convocó de urgencia movilizada por la trágica noticia que llegó desde el norte del país, donde tras 21 días de búsqueda angustiante se halló el cuerpo sin vida de Nancy Estela Godoy, la maestra rural de 52 años que permanecía desaparecida desde el 7 de octubre en Esquina, Corrientes.
En una videoconferencia que heló a la familia de la docente, el decano del Instituto Médico Forense (IMF), José Luis Gálvez, y la fiscal María Andrea González desde la UFIC de Esquina expusieron el informe preliminar de autopsia. Bajo el Legajo de Investigación Fiscal N° 159598, la ciencia forense le dio forma técnica al horror: Nancy sufrió una muerte extremadamente violenta y traumática. El cuerpo, reducido a restos cadavéricos por el ensañamiento y por la acción de los predadores de la zona, presentaba múltiples heridas cortantes y punzocortantes en cara, cuello, abdomen y extremidades. Muchas de ellas, provocadas cuando aún respiraba.
El informe describió un nivel de ferocidad atroz. Seccionamientos en zonas abdominales y amputación de la mano izquierda, además de marcas inequívocas en los antebrazos que revelan que Nancy luchó y defendió su vida hasta el último segundo. El doctor Gálvez sugirió la presencia de más de un arma y explicó que el estado del cuerpo obstaculiza verificar si existió abuso sexual, aunque se buscan marcadores biológicos y material genético junto al Laboratorio de Medicina Genómica de la UNNE y con la provincia de Córdoba para fijar con precisión la hora final.
Cuesta conciliar el sol de la tarde con el peso rotundo de la muerte. Un maestro no solo enseña la tabla de multiplicar o los secretos de la sintaxis; un docente habita la memoria colectiva, deja la huella de su voz en los cuadernos y sostiene, muchas veces en absoluta soledad y en parajes olvidados, la trama social. La trágica confirmación del femicidio en la provincia litoraleña reactivó en el sector docente un dolor antiguo y urgente.
.Gremios educativos y vecinos marcharon por las calles de Pinamar. No hubo estruendo, ni tambores, ni consignas vociferadas a viva voz. Fue una movilización en absoluto y riguroso silencio. Hay algo en la marcha muda que cala más hondo que cualquier cántico: el parpadeo de las velas encendidas contra la brisa de la tarde, la cera derritiéndose sobre las manos, el roce sordo de cientos de calzados avanzando al mismo paso y la inocencia de los niños apretando la llama con la seriedad limpia de los que todavía no conocen la trampa. Ese murmullo colectivo, cargado de duelo y dignidad, resulta infinitamente más estremecedor.
La manifestación puso, a la vista de todos, una realidad amarga, que suele quedar arrinconada y oculta. Esta es la extrema vulnerabilidad del oficio y el desgaste cotidiano que soporta el cuerpo docente. Antes de la violencia letal, está el maltrato sordo e invisible de todos los días. El hostigamiento de adultos que descargan sus frustraciones sobre los directivos, la apatía o la agresión de alumnos sin límites y la desprotección institucional de quienes deben poner el cuerpo frente al aula. Educar se ha vuelto una tarea de trinchera; sostener la vocación, un ejercicio de resistencia física y emocional.
Esta tarde… cuando el sol comenzó a caer tras la línea de los médanos, las velas quedaron titilando como luciérnagas obstinadas. En el aire de la tranquilidad recuperada del centro de Pinamar permaneció la memoria de Nancy Godoy y de cada educador que entregó sus días a la enseñanza. Queda allí, intacta, esa estela invisible de conocimiento y entrega que nadie podrá borrar, con un reclamo de justicia que retumba con la fuerza inapelable del silencio.
(*) Reportera gráfica y docente.
30/10/2026














