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De las aulas a las redacciones: un recorrido por la memoria y el periodismo
Hay un momento, antes de que empiece cualquier visita, en que el viaje todavía no es un viaje. Es apenas una ruta, un grupo de estudiantes, mates, conversaciones y la expectativa de llegar. Después aparece Buenos Aires. Los aviones que cruzan el cielo. Los trenes. Los semáforos. El movimiento de una ciudad que parece no detenerse. Para algunos de los 16 estudiantes de 5.º y 6.º año de la E.E.S. N.º 2 “Sol de Mayo”, de Ostende, la Capital Federal comenzó a conocerse de esa manera: primero a través de las ventanillas y después, poco a poco.


Redacción - Actualizado 02/10/2026

Ostende.-Es viernes 25 de septiembre. El viaje había sido impulsado por las docentes Solange Mendoza y Dolores Ripoll, en el marco de las materias de Comunicación que cursan los estudiantes. El objetivo no era solamente viajar. Era entrar en algunos de los lugares donde la historia, la memoria y el periodismo dejan de ser conceptos para convertirse en algo que se puede mirar, recorrer, escuchar y palpar.

Desde las ventanillas, la ciudad iba apareciendo de a poco. El Obelisco, la Fragata Libertad, los semáforos, los trenes, las avenidas y ese movimiento permanente que sorprendía a quienes llegaban desde Ostende. De tanto en tanto, una voz señalaba algo, alguien se inclinaba para mirar mejor y otros buscaban con los ojos aquello que tantas veces habían visto en fotografías. Buenos Aires estaba ahí, enorme y concreta, mucho más cerca de lo que hasta entonces había parecido.

Del otro lado del mar

La primera parada fue el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Adentro, el viaje cambió. La experiencia inmersiva 360° no propone simplemente observar una pantalla. Durante unos minutos, el espacio busca producir otra cosa: la sensación de estar allí. En las islas. En ese paisaje. En el medio del mar y en medio de una guerra que hasta entonces había llegado a los estudiantes a través de fotografías, relatos, libros, clases y testimonios.

Después aparecieron las campanas sonoras y las pantallas interactivas. El museo fue sumando capas a una historia que los estudiantes ya conocían, pero que allí podía recorrerse de otra manera. No solamente leerla. No solamente escucharla. También atravesarla con los sentidos.

Luego de la experiencia inmersiva llegó el encuentro con un excombatiente. Hacía apenas unos minutos habían estado frente a las islas: el paisaje, el mar, los sonidos, la guerra reconstruida alrededor de sus cuerpos. Ahora la historia tenía otra dimensión. Estaba ahí, en la voz de un hombre que había vivido aquellos días y que comenzaba a contar lo que recordaba.

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Conocían las historias, las fechas, las imágenes. Pero escuchar ese relato en aquel lugar, después de haber atravesado la experiencia del museo, produjo otra cercanía. Las palabras ya no llegaban solas: traían consigo los retratos que acababan de ver, los ecos que todavía parecían permanecer en la sala, ese paisaje que durante unos minutos habían tenido delante de los ojos. El relato fue avanzando entre recuerdos de la guerra y momentos de su propia experiencia, donde en algunos pasajes la emoción se hacía visible en la voz. No era necesario agregar nada.

Quizás allí estuvo uno de los momentos más fuertes de la visita: descubrir que detrás de las imágenes hay personas, y que detrás de un relato que se repite durante décadas existe alguien que puede volver a contarla desde su propia memoria. Los estudiantes habían ido a conocer Malvinas y, durante unos minutos, Malvinas había dejado de ser un lugar lejano para convertirse en el recuerdo vivo de quienes pisaron suelo argentino.

Donde las paredes también cuentan

En la ex ESMA el clima fue otro. El grupo ingresó primero al edificio de Madres y  luego recorrió el Casino de Oficiales, donde durante la última dictadura cívico-militar funcionó un centro clandestino de detención, tortura y exterminio.

Allí no había una pantalla inmersiva que recreara una historia. Estaban los lugares. Capucha. Capuchita. El sótano. Nombres que pueden parecer simples hasta que se caminan los espacios a los que pertenecen.

En el Casino de Oficiales, los estudiantes recorrieron sectores como Capucha y Capuchita, espacios destinados a la detención clandestina. Eran lugares pequeños, sin ventanas, sin aire, sin espacio suficiente para moverse. Lugares pensados para que quienes estaban allí permanecieran ocultos. En las paredes todavía pueden verse manos, dibujos, marcas y otros rastros dejados por quienes pasaron por esos espacios.

Las paredes siguen siendo parte de la evidencia utilizada en los procesos judiciales. No se pueden tocar. Tampoco se pueden modificar. El edificio conserva huellas que todavía tienen valor como prueba pericial. Lo que quedó allí no pertenece solamente al pasado: forma parte de las pruebas con las que se reconstruye y se juzga lo ocurrido.

En el altillo del Casino de Oficiales funcionaban también otros espacios destinados a los detenidos, entre ellos el sector de maternidad, donde permanecían las mujeres embarazadas y se producían los nacimientos de bebés. Debajo, en otros sectores del edificio, estaban las habitaciones utilizadas por los oficiales. La proximidad entre unos espacios y otros resulta difícil de ignorar: arriba, mujeres detenidas y niños recién nacidos; abajo, quienes integraban la estructura que administraba ese lugar.

Con el paso de los años, distintos accesos fueron tapiados y hubo intentos de ocultar o modificar las huellas de lo que había sucedido ahí. Pero el edificio terminó haciendo lo contrario. Empezó a hablar.

Durante el recorrido, estructuras de cristal señalaban distintos sectores y explicaban qué había sucedido en cada uno. También había fotografías y fragmentos de testimonios de sobrevivientes brindados durante los juicios, entre ellos los del Juicio a las Juntas.

Entonces las paredes dejaban de ser solamente paredes. Una marca, un dibujo, una mano apoyada en una superficie podían convertirse en un indicio. Un pasillo podía llevar a un testimonio. Una habitación podía confirmar aquello que alguien había contado décadas atrás. En la ex ESMA, la memoria no estaba solamente en los textos que explicaban lo ocurrido. Estaba en el edificio mismo. En aquello que permaneció a pesar de los intentos de ocultarlo. En las huellas que todavía pueden verse y que, tantos años después, siguen diciendo que allí ocurrió algo que no puede ser borrado.

Guardar para volver a mirar

Más tarde, el recorrido llevó al grupo hasta la Fototeca de ARGRA. Daniel y Carla los recibieron y comenzaron a hablarles de una tarea que ocurre mucho después de que se apagan las cámaras y de que una fotografía deja de ocupar una página: conservarla.

Los chicos se encontraron entonces con los libros abiertos sobre las mesas. Y miraron. Miraron más de una vez. Había fotografías capaces de detenerlos en una página: una multitud, una calle, un rostro, una escena que pertenecía a un tiempo que no habían vivido. Algunas podían resultar conocidas por haber aparecido alguna vez en un diario o en un libro; otras eran imágenes que descubrían por primera vez. Pero había algo que las unía: todas habían conseguido atravesar el tiempo.

Quizás ahí estaba el verdadero asombro. En comprender que una fotografía no termina cuando pasa la noticia. Que aquello que alguien capturó en una fracción de segundo puede permanecer durante décadas y convertirse en una pieza de la memoria de una sociedad. Una imagen puede guardar la expresión de una persona, el aspecto de una plaza, una manifestación, una elección, una celebración o una tragedia. Puede conservar las huellas de una época incluso cuando quienes la vivieron ya no están para contarla. Frente a esas páginas, la fotografía dejaba de ser solamente una imagen para convertirse en un documento social porque también los pueblos se recuerdan a través de las imágenes que consiguen conservar.

Daniel y Carla hablaron de la importancia de conservar esos negativos, copias, imágenes y archivos. De cuidar las fotografías que, con el paso del tiempo, dejan de ser solamente el registro de una noticia y pasan a formar parte de la memoria colectiva. Guardarlas es también preservar una parte de la historia que otros necesitarán mirar para entender su propio tiempo.

Antes de despedirse, les obsequiaron a los estudiantes libros de fotografías sobre los “30 años de democracia”. Esta vez, esas fotografías ya no quedarían en la Fototeca: cada uno llevaba consigo un pedacito de historia de regreso a Ostende.

Los ojos que miran

El último destino fue la Editorial Perfil. En la entrada están los ojos de José Luis Cabezas. No hace falta explicar demasiado cuando una imagen tiene esa fuerza. La mirada del fotógrafo asesinado en 1997 recibe a quienes entran y establece, desde el primer momento, un vínculo entre periodismo y memoria.

Pero Perfil también guarda la historia en sus objetos. Un fragmento original del Muro de Berlín, un automóvil de la Alemania Nazi, un uniforme, una colección de máquinas de escribir. Piezas de otros tiempos que conviven con una redacción en la que las noticias hoy se producen para distintos formatos y plataformas.

Los estudiantes recorrieron la enorme redacción, conocieron el sector de radio y los espacios destinados al streaming. Vieron cámaras, luces, escenarios y equipos de producción. Aquello que suele aparecer terminado en una pantalla podía observarse desde otro lugar: personas trabajando, preparando una transmisión, encendiendo una cámara, ajustando una luz, construyendo una noticia antes de que llegue al público.

Después llegaron las rotativas. El papel y las máquinas mostraron otra parte de ese recorrido: todo lo que sucede antes de que un diario o una revista llegue a las manos de un lector. Allí conocieron parte de las rutinas productivas del Diario Perfil y la Revista Noticias y pudieron ver cómo una publicación toma forma desde adentro.

El viaje llegaba a su fin y consigo mucho más que fotografías de Buenos Aires. Quedaban las islas de Malvinas y el relato de un excombatiente; las paredes de la ex ESMA y las marcas que todavía conservan; las fotografías de ARGRA; los ojos de Cabezas en la entrada de Perfil; las máquinas de escribir, las cámaras, las luces y el papel avanzando por las rotativas.

Habían comenzado el día mirando la ciudad con asombro desde las ventanillas. Regresaban con otra mirada. Ahora había lugares detrás de las historias, rostros detrás de las fotografías, voces detrás de los testimonios y personas detrás de cada noticia.

El proyecto fue posible gracias al acompañamiento del director de la escuela, Nazareno Lora, de los profesores Mariela Zacarias y Gonzalo Mateos, y también al apoyo de todas las personas que, de distintas maneras, hicieron su aporte para que el viaje pudiera realizarse: quienes colaboraron con recursos, acercaron alimentos para los estudiantes y quienes ayudaron, desde distintos lugares, a que cada detalle pudiera concretarse. A todos ellos, el agradecimiento por haber acompañado esta experiencia.

En este 2026, cuando se cumplen 50 años del golpe de Estado, acercar estas historias a las aulas significa también acercar a los estudiantes a los lugares donde la historia ocurrió, a las imágenes que lograron atravesar el tiempo y a las voces de quienes pueden contarla. Significa salir por un día de los libros y encontrarse con las huellas concretas de nuestro pasado.Y volver al aula con nuevas preguntas, nuevas imágenes e historias para contar.


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