Pinamar (por Sergio Michnowicz).- La casualidad hizo que lo conociera cuando despuntaba el año 1992. Me gustaba jugar al ajedrez, y él era uno de los dirigentes de la FAGEMAA, la federación que nucleó durante años a los jugadores tuyuseros, que siempre invitaba a conocidos o “nuevos en el barrio” para jugar una partidita.
Era una linda bandita la que se juntaba. Juan Carlos Socchi, Javo Porjolovsky, Jorge Berardo (enfermo hincha de la Acadé como él), Soraire, Veneroso, Resquín, son algunos nombres que me vienen a la memoria.
Aquel mayo del ’92 fue muy especial para Pinamar. Ese mes se disputó el Campeonato Argentino Sub 18 en el Hotel del Bosque, y en el cierre se cantó a capella el Himno Nacional porque era 25 de mayo. Berardo y él fueron los anfitriones no solo de los mejores jugadores del país, sino de la visita de un cosmonauta que, además, era el presidente de la Federación Rusa de Ajedrez. Vitali Sebastiánov dio charlas en escuelas sobre el espacio, jugó un torneo rápido y recorrió distintas localidades de la zona entre ellas Madariaga.
FAGEMAA pasaba además por su mejor momento.
En la parte laboral, como agrimensor tuvo a su cargo medir todo el territorio de Pinamar durante el gobierno de Blas Altieri. Calles, médanos, terrenos públicos y privados, plazas y espacios libres para pluviales y un sinfín de proyectos. Recuerdo que muchos lo criticaban por su proceder firme, pero nadie podía dudar de su honestidad a la hora de decir “esto sirve, esto no.” Gracias a él muchas de las calles de Ostende, por ejemplo, fueron abiertas por donde su teodolito y su ojo calculador determinaban aquella recta imaginaria que después sería una calle o avenida.
Andaba mucho en bicicleta. Solía cruzármelo en todas las esquinas de Pinamar. Y casi siempre con su particular gorra al tono, quizás para ocultar aquellas entradas que el tiempo le marcaba.
También le gustaba la historia. Y más del lugar que adoptó como su hogar a principios de los años 70. Se sumó a la Asociación Amigos del Museo Histórico del Partido de Pinamar como uno de sus más activos colaboradores, aportando ideas, documentos... y memoria.
“Preguntale que él sabe” me decían muchos vecinos a la hora de recordar hechos puntales. Como cuando una empresa multinacional petrolera hizo un pozo en Valeria del Mar buscando el oro negro, a metros de avenida Espora. “Estuvieron varios días, en un lugar donde no había nadie. Y dejaron una tapa de concreto” me comentó. Y sí, la tapa todavía está, en medio de una calle...
Había nacido hace 83 años en Ronse, un pueblo de Bélgica, el 5 de setiembre de 1942. Plena 2º Guerra Mundial. Su país estaba invadido por los nazis. Al terminar el conflicto bélico, sus padres juntaron lo poco y mucho que les quedaban y se embarcaron en el ‘47 rumbo a la tierra prometida, la Argentina. Se instalaron en Castelar con sus hermanas, donde pudieron rehacer sus vidas.
El tiempo pasó, él estudio cálculos y números que le abrieron las puertas a la profesión que nunca más dejaría, la agrimensura. Un buen día decidió probar suerte en la costa, allá por los años 70, en pleno auge de inversiones y crecimiento. Y nunca más se fue.
Pero el Barba quiso tenerlo a su lado el último día de mayo. Se llamaba Eric Herman Marcos Lorenzo Debisschop. Erico a secas. El “Eric” para los amigos. Tenía dos hijos, Juanchi que se adelantó, y Gabriela que le regaló dos nietos hermosos Pedro de 14 y Julia de 10 años, y un yerno de fierro como Lucas.
Seguro que estará organizando algún torneíto de ajedrez con Jorge Berardo y Juan Carlos Socchi allá entre las nubes, para los querubines. O tal vez tomando medidas para abrir más caminos hacia el cielo, entre las estrellas.
Hasta el reencuentro, Erico. Y prepará el tablero.
31/05/2026