Detrás de la organización se encuentra un grupo de vecinos comprometidos y, entre ellos, Diego Rincón, docente y referente barrial, quien entiende al evento como una herramienta de integración social y construcción colectiva.
“Para nosotros no es solo un festival. Es la fiesta de un♦estro barrio, el momento en el que nos encontramos todos los vecinos y sentimos que estamos construyendo algo juntos”, afirma.
(Por María Gabriela González)
Una fiesta que nació desde los vecinos
El ciclo cuenta con una larga tradición en General Madariaga y fue impulsado originalmente por folcloristas locales con la intención de mantener vivas las raíces culturales. Sin embargo, cada barrio le imprime su propia identidad.
En Los Pinos, la organización comenzó hace tres años, cuando una nueva comisión vecinal decidió asumir el desafío.
“Somos un grupo chico, entre diez y quince vecinos que trabajamos todo el año, pero siempre aparece gente que se suma y da una mano. Eso es lo más lindo: ver cómo el barrio responde”, cuenta Rincón.
Ubicado fuera del casco urbano, cerca de la Ruta 74, el barrio logró consolidar una convocatoria creciente que supera las expectativas iniciales.
“Muchos pensaban que por estar alejados iba a costar convocar, pero pasó todo lo contrario. La gente viene porque siente que hay algo genuino”.
Un folklore que abraza la diversidad
La programación artística reunirá músicos locales y regionales, artistas de Villa Gesell y Pinamar, espectáculos infantiles, danzas tradicionales, murga y expresiones culturales de países limítrofes.
La fuerte presencia de comunidades paraguayas y bolivianas en el barrio también forma parte central del evento.
“El folklore no puede ser algo cerrado. Nuestro barrio es diverso y eso se refleja arriba del escenario y también en la comida, en los bailes y en la forma de compartir”, explica.
Para el docente, ampliar el concepto de folklore es clave para acercar nuevas generaciones:
“No queremos quedarnos solo con el público de siempre. Buscamos que los chicos y chicas se acerquen, que descubran que el folklore también puede dialogar con otros ritmos y otras culturas”.
Del sueño del internet a un proyecto comunitario
El crecimiento organizativo del barrio tiene una historia particular. Según relata Rincón, todo comenzó con una necesidad concreta.
“Arrancamos siendo un puñado de vecinos que quería tener internet en el barrio. Hoy somos una comisión organizada que piensa proyectos culturales y sociales. Eso habla de cómo creció Los Pinos”.
El festival también funciona como motor para un objetivo mayor: la construcción de una sede social propia.
“Queremos un lugar donde podamos reunirnos, hacer talleres, actividades educativas, propuestas de salud. Un espacio que sea realmente de los vecinos”.
Actualmente, la comisión mantiene gestiones para adquirir el terreno donde se realiza el evento, con acompañamiento municipal.
La cultura como herramienta de unión
Más allá del escenario, el valor principal del encuentro está en el trabajo colectivo que lo hace posible.
“Cada año tratamos de hacerlo mejor porque sentimos que la gente confía en nosotros. Esa confianza es lo que nos empuja a seguir”, señala Rincón.
Para quienes participan de la organización, el folklore se convierte así en una excusa para algo más profundo: fortalecer la identidad barrial y construir futuro desde la participación.
“Cuando los vecinos se juntan a trabajar por algo común, pasan cosas importantes. El festival es música, sí, pero también es comunidad”.