16 de junio - Atlanta (Estados Unidos)
Después de una espera interminable, el juez Ismail Elfath decide terminar la batalla. Son los nuestros los que se dejan caer sobre el césped en un estallido de adrenalina, alegría y euforia único para ellos y para (casi) todos los argentinos. Nuestro capitán se arrodilla y aprieta los puños. Repite el gesto varias veces hasta que llega el Flaco López a abrazarlo. Y confirma en esa reacción lo que todos sabíamos, los ingleses y los argentinos: había mucho en juego. Lo terminó de certificar la bandera que desplegaron los jugadores. Un grito de guerra: “Las Malvinas son argentinas”. Roberto, nuestro cronista estelar, se abraza con sus amigos Matías y Josué, pero no son sólo cuatro brazos los que sujetan su cuerpo, sabe íntimamente que son muchos más, están los de Ángel, los de su mamá, y los de su papá, que lo miro desde otro plano junto a los pibes que no pudieron volver y que se sienten tan orgullosos como en el ‘86.
Roberto se separa de los demás, mira el cielo y respira. En la tarde inolvidable de Atlanta empieza a amainar la tensión en su humanidad. Desde una de las tribunas del estadio, observa a Enzo Fernández, uno de los héroes de la noche, alzar los brazos y sonreír, y en su mente empieza a sonar un tango. Uno de Gardel, ¡y cómo no!, si estos jugadores son Gardel. Enzo, Messi, Lautaro. el Cuti y el Dibu, Scaloni. Todos, hasta Marito el utilero. Entonces, empieza a tararear: “Por una cabeza, de un noble potrillo. Que justo en la raya, afloja al llegar. Y que al regresar, parece decir. No olvides, hermano. Vos sabes, no hay que jugar”. Canta y hace un paso de tango con un vaso de cerveza en la mano en medio de la algarabía generalizada.
“Por una cabeza, todas las locuras”. Ahora Roberto canta con la firmeza que da el orgullo. Y nunca mejor dicho, porque con el cabezazo de Lautaro se consumó el justo triunfo de Argentina. Inglaterra nunca pudo ser más. Habían hablado antes, se sentían victoriosos, ya en la final antes de jugar la semi. “Perro que ladra no muerde”, dijo Matías después del partido. Y no mordieron, los mordimos nosotros desde el minuto uno. Paredes y Enzo salieron a torear a Bellingham y a decirle ¡acá se va a jugar así!. “Son indios”, dijo el DT en la conferencia, “no le tienen miedo a nada”.
—Empezamos a ganar cuando cantamos el himno —apunta Josué.
Roberto lo había anotado en su libreta. Lo gratificó el tono y el semblante con el que los jugadores entonaron el himno. La reencarnación del Diego se multiplicó. Lo demostraron después en el partido controlando al rival. El ajuste en la formación de Scaloni de meter a Giuliano Simeone por Rodrigo de De Paul dio ese resultado, el de pararse mejor y no perder autoridad. Pero hubo que correr de atrás porque ellos se pusieron en ventaja por una distracción defensiva de Molina y la llegada no sorpresiva de Gordon.
En ese momento, hubo en nosotros unos segundos de silencio, incrédulos ante la injusticia. Pero ahí se desató la furia animal, la valentía indígena, la destreza gaucha de los que no tienen miedo y les sobra talento. “Quiero verte huir como un ladrón”, reza la letra de los Redonditos. Y ellos, llenos de temor, se metieron contra su arco y sumaron defensores. Con coraje Argentina empezó el bombardeo: tiros en los palos, salvadas del golero inglés y avisos de Enzo que, después de varias pruebas, acertó y perforó la red. Y Gardelito sonrió y se puso la manos en los oídos, para que hablen ahora los que habían hablado antes.
Con Messi como abanderado, la selección siguió. Olía sangre al ver el cobarde repliegue del rival. Y Lio, como en sus viejas épocas de puntero derecho, tiró un centro llovido que Lautaro conectó entre dos enormes centrales. “Yo soy toro en mi rodeo Y torazo en rodeo ajeno”, recitó el delantero del Inter de Milán mientras buscaba el abrazo de sus compañeros para festejar. Después de unos minutos llegó el final, la sentencia de una nueva hazaña. Argentina jugará una vez la final de la Copa del Mundo, la próxima cita será el domingo en New Jersey contra Lamine Yamal, Rodri y compañía.
Sigue sonando la música de Gardel en la cabeza de Roberto por varias horas más. Parece interminable, como nuestra alegría, como la senda victoriosa de esta selección. Y pensando en el último paso que falta dar, mientras los festejos se multiplican en todas las ciudades y pueblos del país, y en varios países más que se rinden ante esta nueva e histórica proeza, Roberto se va del Estadio junto a sus amigos ya más calmo, entonando otra estrofa: “Basta de carreras, se acabó la timba. Un final reñido ya no vuelvo a ver. Pero si algún pingo llega a ser fija el domingo. Yo me juego entero. Qué le voy a hacer”.
El mundial de Roberto (quinta entrega): La sonrisa de Gardel ilumina la ciudad
Para nuestro cronista estelar, la épica de los muchachos argentinos lleva en sus entrañas una melodía tanguera que nos representa como nadie. Una cartografía del ser nacional. Un arrabal que se extiende desde la Quiaca hasta Ushuaia y que los demás no entienden porque simplemente no la sienten. Borraron al “enemigo” corriendo de atrás, con corazón y talento, como en la vida misma de todos nosotros.