Pinamar (por Sergio Michnowicz).-Una mañana un ángel llegó al hospital para trabajar junto a un nutrido grupo de ángeles médicos y enfermeros, auxiliares y especialistas, para sanar a quienes asistieran al blanco lugar.
Con su enorme sonrisa, se compró a todos los pacientes y a sus compañeros de sala. Siempre cordial y contenedora, tenía la palabra justa para explicarle a sus amigos enfermos y sus familias cómo estaban ellos.
Cuando saludaba con un “buen día” o “buenas tardes” ya te cambiaba la jornada. Imposible verla enojada, o disgustada. Dicen que los ángeles no están para berrinches sino para arropar al necesitado, a quien busca o necesita un abrazo, una palabra, un gesto de paz.
Hija y nieta de pioneros, había formado una hermosa familia con Gabriel. La conjunción perfecta entre italianos (él) y españoles (ella) que echó por tierra cualquier comentario de rivalidades al estilo Capuletos y Montescos.
Mi padre, que en los últimos años visitó el hospital en forma asidua por sus ñañas, la conocía por su forma de ser tan alegre. Él me cuenta que cada vez que le daban el alta, como un ritual, repartía caramelos para todo el personal que lo cuidó durante esos días. Y por supuesto este ángel también estaba.
Terminando junio, me entero que este ángel partió, que volvió a su lugar de origen. A las estrellas. Se llamaba Romina Viviana Balenciaga. La Romi. Tenía 47 años y una alegría inmensa de vivir. Dejó a dos retoños, Fabricio y Tiziano, que sabrán seguir el legado que les dejó su mamá.
Allá, entre las nubes blancas, el Barba le encomendó una tarea muy especial junto a los querubines ansiosos por sumarla otra vez a la familia del cielo. Porque el ángel volvió a las estrellas.